Un bar donde la policía no encuentra nada
Juan Eduardo Fernández “Juanette”
Estoy en plena desintoxicación de información, y no hablo de una dieta de moda sino de algo bastante más básico: reaprender a mirar el mundo con mis propios ojos y no a través de una pantalla de seis pulgadas. El método tiene sus dificultades. El pulgar sigue haciendo scroll por inercia, incluso cuando el celular está en el bolsillo, y cuando por fin levanto la vista descubro que la calle seguía ahí, funcionando sin mi supervisión.
El mundo está terrible, claro. Me lo repiten por el celular, la tele, la radio y hasta con señales de humo. Pero conviene hacer memoria: ¿cuándo no lo ha estado? Cada generación ha creído vivir el peor momento posible, y la única diferencia real es que antes la mala noticia llegaba con el periódico de la mañana y uno tenía el resto del día libre para vivir. Lo dice alguien que se gana la vida con las noticias, así que tómenlo como confesión de parte.
En esa búsqueda de contenido que me aislara de la realidad sin exigirme indignación a cambio, volví a un podcast que sigo considerando maravilloso: «El Bar de los Broder Tolquin», un original de Spotify conducido por Raúl Cimas y Javier Coronas, producido junto a El Terrat y estrenado en junio de 2021. Estos dos humoristas decidieron que lo mejor que se podía hacer con un micrófono era sentarse a hablar de nada.
La premisa es una joya de la lógica absurda. Según la ficción con la que se presenta el programa, en 2010 la policía instaló micrófonos ocultos en un modesto bar de Madrid para desmantelar a una banda criminal peligrosa. El caso avanza y quedan las cintas: según la presentación oficial de este experimento sonoro, se acumularon más de 43.000 horas grabadas en casetes de 90 minutos. Lo que sobró de la investigación es, justamente, el podcast.
Lo que logran Cimas y Coronas es una comedia de una precisión rara, hecha de anécdotas dudosas, discusiones sobre vocabulario y conversaciones que no van a ninguna parte. En la mesa los acompañan los parroquianos del bar: El Pirata, Julio y Julián, tres personajes que parecen haber nacido junto con el mostrador.
Lo mejor es que la investigación no avanza. Veintiséis cintas después, los cuerpos de seguridad siguen sin tener nada. En un episodio, Coronas se enoja con el resto de los parroquianos por unas quinielas. En otro aparece una sospechosa nueva llamada Paula y nadie sabe quién es ni qué quiere. Mi favorito es cuando estos tertulianos de bar se ponen filosóficos con los proverbios, los ríos y los puentes.
«El Bar de los Broder Tolquin» podría definirse como un caso criminal armado con la materia prima de una sobremesa, y me dejó una lección para alguien que andaba intoxicado de datos: escuchar sin concluir nada puede ser una forma perfectamente sana de relacionarse con el mundo.
Cimas definió el podcast como un homenaje a «la sabiduría del bar», sobre todo a la que nace en los bares pequeños de barrio, que según él dan fe de la vida del vecindario. Y agrega algo que me pareció lo más honesto que he escuchado sobre el oficio de informar: las anécdotas crecen a fuerza de contarlas, hasta convertirse en una historia distinta de lo que realmente pasó. Después de años leyendo y escribiendo noticias, no recuerdo una explicación más precisa de cómo se fabrica una.
Como argenzolano, sé reconocer una buena mesa de bar. Acá abundan esos lugares maravillosos donde nadie llegó con un objetivo y todos se van con la sensación de haber resuelto algo, aunque no sea cierto. Eso es lo que me devuelve el podcast, con una ventaja adicional: puedo apagar la pantalla, guardar el teléfono y seguir escuchando mientras miro la calle, que era justamente mi plan original.
«El Bar de los Broder Tolquin» está en Spotify: https://open.spotify.com/show/6TIvDYMkfBiRZuFmxVB1Ub. Cada cinta dura unos treinta minutos, la policía sigue sin concluir nada y a mí, después de tanto titular, me parece una compañía excelente.
